El verano se metió en mi ventana, justo cuando estaba limpiando las hornallas de la cocina, el olor a limón despertó primaveras ancladas en el inconciente y un jazmín voló a mi encuentro. Una pequeña angustia instalada en mis tacos, ramifico por mi cuerpo.
Desveladas noches que hoy no entiendo, un baño espera, aromatizado en soledad con hojas de paciencia. Los pájaros a la distancia me duermen, espuma atemporal desvanece. Una lluvia de acentos cae sobre mi piel, se meten entre mis piernas, y jugando también, se van por la cañería. Las uñas de mis pies salen a la superficie, espiando los azulejos sin sombras, una ventana que no debe abrirse, un paisaje que no debo mirar, en ocasiones quisiera hundirme entre las burbujas y no despertar.
Mis ojos en cada costado, la calma me ha rodeado, todo en su perfecto lugar. Ya no hablo, palabras en estado vegetal, tampoco te recuerdo. La suave música del reloj espera morir la tarde, abrazada al silencio.
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