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jueves, 4 de septiembre de 2008

Remolino de esquina.

Un piano que se desarma en mi copa de vino tinto,
Un hielo flotando entre noches
Un cuerpo en mi cama que me voy fumando
Salto de violines, la voz entrando profunda
Mezclándose con el sudor de mi cuerpo,
entre mis manos y mis gemidos.
Se aleja, desapareciendo en el humo.
Un parpadear de ojos tan inocente,
incapaz de ver el cambio que causará.
Cables enredados entre rock and roll y pájaros,
y el agua que no deja de fluir.
Mis tacos adquieren brillo,
la noche los magnifica.
Caen los altares de calle San Luis,
el horizonte inmenso se materializa.
Una voz sucia y desprolija,
Le da tono al cuerpo.
El silencio no para de hablar.
El vacío deja su carta de despedida en mi mesa,
Tal vez algún día la lea.

domingo, 24 de agosto de 2008

Estaciones a destiempo

El verano se metió en mi ventana, justo cuando estaba limpiando las hornallas de la cocina, el olor a limón despertó primaveras ancladas en el inconciente y un jazmín voló a mi encuentro. Una pequeña angustia instalada en mis tacos, ramifico por mi cuerpo.
Desveladas noches que hoy no entiendo, un baño espera, aromatizado en soledad con hojas de paciencia. Los pájaros a la distancia me duermen, espuma atemporal desvanece. Una lluvia de acentos cae sobre mi piel, se meten entre mis piernas, y jugando también, se van por la cañería. Las uñas de mis pies salen a la superficie, espiando los azulejos sin sombras, una ventana que no debe abrirse, un paisaje que no debo mirar, en ocasiones quisiera hundirme entre las burbujas y no despertar.
Mis ojos en cada costado, la calma me ha rodeado, todo en su perfecto lugar. Ya no hablo, palabras en estado vegetal, tampoco te recuerdo. La suave música del reloj espera morir la tarde, abrazada al silencio.

domingo, 17 de agosto de 2008

Tacos colgados.


Vacío, lleno de humo andaba, sin pensamientos, al menos eso era lo único que rondaba en su cabeza.
Una atmósfera vacía. El contexto no existía, se desdibujaba.
Ella ya no pensaba, fumaba, menos, pero con mas placer y mas aire.
La silla no paraba de dar vueltas. El piano acompañaba la ausencia, imágenes simultáneas entre una actriz y un mortal, “el mundo pertenece a quién cuenta la historia” rezaba un almanaque ahorcado en la heladera.
Y la voz entre dormida disparaba automáticamente.
Cuando nada te preocupaba, solo luces en la cabeza, tirada al sol.
Los huesos cansados, hundidos en el sillón.
La sombra de una soga delimitando el espacio, justo sobre la sien.
No importa quién, ni cómo, solo tirada bajo el sol, con el ruido de las palomas en la antena y el ascensor.
Las horas pasaban sin ningún pensamiento.
El silencio se va comiendo el estómago.
No hay recuerdos. No hay lugar.
De tanto humo no se daba cuenta que estabas, viendo pasar nubes que morían junto al sol, que la luna esperaba, que los caminos se desparramaban.
Bajo el sol, todo es un lio. Las figuras ausentes se consagran bajo coros, las tempestades acarician la calma. El cuerpo se desinfla. Y la voz no para de relatar.