Mis tacos raspaban el pavimento,
entre el deseo y la impotencia,
y si me colgué en ese destello,
fue porque habitarte me daba miedo.
I
Los tacos empezaban a flaquear,
esos que habían estado tan anclados,
tan ancladamente perdidos.
El cruce esperado,
el mutis por el foro rápidamente improvisado
Soy presa del miedo,
en este juego de destellos que negocia la noche.
Las preguntas desvanecen,
dejando agujeros huérfanos en las entrañas.
Se abre el túnel,
delicioso,
que ciega con sus luces,
que invade inyectando imágenes en el inconciente,
vuela mi piel traspasando cielos,
marcas que arrastran,
una punción de adrenalina que seca el cerebro.
Cobijada en mis hombros desnudos,
respaldada por la melancolía,
asesinando sentimientos.
En medio de tanto humo,
el sol dispara un rayo que abraza el ombligo,
tan cálida sensación penetrando en mi vientre,
desgarrando cada músculo,
incinerando cada duda.
Mi mente bloquea automáticamente,
son los surcos de huellas pasadas
impregnadas en mi presente.
Cerrar compuertas,
lagos infinitos desgarran mis venas,
la luna siempre tan lejos...
II
Desde la arena se puede ver
las cabezas de los lobos amaneciendo en su deseo,
un piano que convierte la piel en partículas hipnotizadas,
marchando hacia el lago del olvido,
dejando un retrato en cada árbol perdido,
robando algún aullido para el guiso de ovejas en la madrugada.
Un oasis de utilería juega entre jazmines,
dejando pasar cielos.
Despiertan tierras olvidadas en ríos resecos,
una revuelta de pájaros saquea la ciudad,
emanan horizontes ajados dejando su manifiesto detrás de la luna,
y este cuerpo cansado solo espera el regreso.