No te las di, ni tampoco me las quedé. Las supe guardar un tiempo, para que me devolvieran las imágenes. Solo lo que mi mente, más aquellas hojas, podían decodificar, transferir, aunque fuera tan solo un leve esbozo de lo que alguna vez paso, fui. Algo que me recordara, un respiro de pasado que me devolviera aquello que mis ojos ya casi no tienen. Un trozo de calle, tan solo una luz, un perfume, que luego me llevara, a esa noche, a ese banco, a esa boca o a ese jardín. Un paisaje sumamente común, sin peso, donde poder esconder mis sentimientos, aglutinarlos. Así jugar por las noches, inventarles historias, abrir mi cuerpo, tomar las partes, estrujarlas, vestirlas de colores, encerrarme en la forma, trascender el sentimiento, buscarlo y ahogarlo. Beber de a poco las sonrisas, para que no rebalsen, para que el ritmo cardiaco no colapse y no manchar el empapelado de rincones que dejaste.
Cerrar las persianas para que no entre esa luz que pisa los talones comiéndose cada momento, antes de que logren instalarse en mi memoria.
Pero como cosa del destino en esa semana que no tuve nada, ni siquiera tu sombra en mi pasillo, solo fiebre y ese raro capricho del cielo en querer alejarme de mis vicios, en ese tiempo en que la vida me seguía dando señales y yo me hacia la distraída, fue en ese mismo momento en que las palabras se fueron, se esfumaron, se perdieron en el tiempo, borrando casi todo tu recuerdo. El mismo momento en que toda la quietud no me molestaba, donde inerte, miraba el sol calcinar el plástico, regodearse en la atmósfera, sin poder impedirlo, sin tampoco poder sentir el por qué de esta que cuelga en mi ojo. Solo un extraño dolor en las entrañas hace eco.
Las cosas que te dije y no te dije, no te preocupes que yo tampoco me las acuerdo.
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